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Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza

20 Feb

jesus coloresPara ayudarnos a vivir el tiempo de Cuaresma que pronto comenzará, compartimos el mensaje que ha entregado del Papa Francisco.

Nos invita a contemplar al Cristo de la caridad, que compartió nuestra suerte trabajando con manos de hombre, pensando con inteligencia de hombre, obrando con voluntad de hombre y amando con voluntad de hombre.

El Papa nos recuerda que Jesús se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Este modo de amarnos, compartiendo nuestra humanidad; su caridad llena de compasión y ternura, es lo que nos da la verdadera libertad, salvación y felicidad.

Les invitamos a leer este profundo mensaje y a rescatar de él lo que les ayude a vivir con mayor hondura el tiempo de Cuaresma que pronto se iniciará.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2014
Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «…para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

Vaticano, 26 de diciembre de 2013

Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

FRANCISCO

Publicado en el sitio web de la Santa Sede, http://www.vatican.va

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20 frases para meditar sobre la Evangelización

15 Ene

papafranciscoLa Evangelización es uno de los pilares de las Conferencias Vicentinas y es sin duda un elemento fundamental de nuestro carisma SSVP. La primera Exhortación Apostólica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium publicada 26 de noviembre, trata precisamente sobre la Evangelización.

Te invitamos a dejarte inspirar por algunas de sus frases destacadas, que esperamos sean una invitación para leer el texto completo, disponible en versión web y pdf en el sitio del Vaticano: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium_sp.html

 

 La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.

 El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.

 Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse.

 Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor»…. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!

 La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor intensidad: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás».

 Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?

La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz.

 Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación.

 Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización.

 En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida.

 El confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades.

hogar pto montt La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.

 Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc 14,14). Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos.

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades.

 Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil.

 Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre.

 Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios.

 La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la especial atención femenina hacia los otros, que se expresa de un modo particular, aunque no exclusivo, en la maternidad. Reconozco con gusto cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales junto con los sacerdotes, contribuyen al acompañamiento de personas, de familias o de grupos y brindan nuevos aportes a la reflexión teológica. Pero todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia.

 Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra.

 Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia». Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener «los mismos sentimientos de Jesucristo» (Flp 2,5).

 A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo.

 

Conductas que muestran la misión de los hogares día a día

15 Dic

Queremos dar a conocer algunas de las conductas que reflejan la aplicación de nuestra Misión en el diario vivir, promoviendo el compromiso, la responsabilidad, la motivación, los buenos hábitos y las fortalezas en cada uno de nuestros Hogares.

CUADRO MISION CONCURSO ARTISTICO

“Acercar al Amor de Dios a todas las personas que se relacionan con el Hogar…”

Conductas:
– Saludar en forma personalizada y cordial
– Dar respuestas eficientes y oportunas
– Ser alegre, participar activamente en conferencias y generar espacio para el crecimiento personal y espiritual

“… potenciando procesos de desarrollo y aprendizaje mutuos…”

Conductas:
– Orientar y corregir con amor, capacitando diariamente a mi equipo
– Reforzar y reconocer los buenos hábitos en público
– Participar en Conferencias y actividades del hogar

“… mediante la atención de las necesidades espirituales, físicas y materiales de las personas mayores”

Conductas:
– Entregar apoyo espiritual, atención y compañía
– Otorgar un servicio profesional, cumpliendo con las directrices de la fundación
– Brindar un espacio acogedor y seguro, adecuado para nuestros residentes

MANOS

Expresión de organización y participación

31 Oct

“Taller de Acondicionamiento Físico” del Personal del Hogar Betania, esta actividad se enmarca de lo que inicialmente surge como pausa saludable. Durante octubre 2011, por recomendación de SSVP, surge un tiempo de recreación denominado pausa saludable dirigido al personal del Hogar , a cargo del Kinesiólogo Eduardo Vergara, luego continúa el taller bajo la responsabilidad de la paramédico Jacqueline Pérez.

El grupo continúa, ininterrumpidamente su funcionamiento, durante todo el 2012 y 2013, donde más allá de participar del taller en sí, comienzan a reunir fondos para el diseño y compra del buzo, vestuario que utilizaron en la presentación, el que es costeado a través de diversas actividades como ventas de completos y rifas.- Mas allá del taller, esta actividad fue una expresión de la organización y participación recreativa de nuestro personal, en donde se canaliza el tiempo libre en un fin en común, que era mantenerse activas físicamente y reunirse y disfrutar junto a sus compañeras de trabajo, lo que claramente mejora las relaciones interpersonales y grupales dentro del hogar, generando un mejor ambiente laboral.

El día miércoles 16 de octubre finaliza el taller con la presentación de un esquema de baile entretenido, se premia a cada una de las participantes, y disfrutamos de un rico cóctel, contamos con la participación y saludos de nuestra coordinadora Sra. M.Paz Lobo.

Formacion1

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Bicentenario Federico Ozanam: Conociendo vida y obra del fundador

30 Sep

Apostolado De La Sociedad De San Vicente De Paúl

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El apostolado de la Sociedad de San Vicente de Paúl, está encuadrado en el apostolado seglar católico, a que se refiere el Concilio Vaticano II: «Hay en la Iglesia muchas Obras apostólicas constituidas por la libre elección de los seglares y dirigidas por su prudente juicio. En determinadas circunstancias, la misión de la Iglesia puede cumplirse mejor por estas Obras, y por ello no es raro que la Jerarquía las alabe y recomiende» (Dto. Ap. Segl., 24).

Las Conferencias de San Vicente de Paúl tienen un fundamento eterno: la fe y la caridad sobrenaturales; el amor a Dios unitivo, a Dios en el pobre y a Jesucristo en el hermano necesitado de ayuda espiritual o material, con el que Él se identifica (Mat XXV, 40).

Caridad de cercanía, por el compromiso personal a impulsos del amor cristiano fraterno con trato personal, respetuoso y servicial, conforme a los rasgos de la caridad de San Vicente de Paúl (dulzura, cordialidad, compasión, respeto y devoción), con sencillez y humildad, sin ostentación ni paternalismo.

Caridad, no de gabinete que calcula, programa y reparte fríamente, sino caridad caliente, por el amor y fervor evangélico que la inspiran y la alientan, en adaptación permanente a las nuevas situaciones y necesidades de los hombres, con acción caritativa-social, cumpliendo lo que la Seguridad Social y la Beneficencia pública no dan, o lo dan deficientemente y sin el calor del amor fraterno cristiano, que se inspira y alimenta en el de Jesucristo.

Caridad que incorpora a la juventud, dando cauce a sus aspiraciones apostólicas de caridad y asistencia social, en su Comisión Nacional de Juventud, promoviendo y patrocinando sus iniciativas y sus realizaciones.

Porque el apostolado específico de la Sociedad de San Vicente de Paúl está centrado, sin limitación de personas y lugares, en el amor fraterno preceptuado por Cristo en su Mandato nuevo (Jn XIII- 34), y que constituye el segundo Mandamiento mayor en importancia, del que penden ley y profetas (Mt XXII).

Apostolado sobre el que el Concilio Vaticano II ha declarado: «Por lo cual, la misericordia para con los necesitados y los enfermos y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia con singular honor. Estas actividades y estas obras se han hecho hoy día mucho más urgentes y universales… Donde quiera que haya hombres carentes de alimento, vestidos, vivienda, medicinas, trabajo, instrucción, medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, o afligidos por la desgracia o por la falta de salud, o sufriendo el destierro y la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos con diligente cuidado y ayudarles con la prestación de auxilios» (Dto. Ap. Segl., 8).

El Reglamento primitivo (de diciembre de 1835) establece: «El fin de nuestra Sociedad es: Primero, procurar que sus miembros observen una vida cristiana, ayudándose mutuamente con sus ejemplos y buenos consejos». Y sobre el segundo objetivo, no menos importante, concreta: «Visitar a los pobres en sus casas; llevarles socorros en especie y darles los consuelos religiosos, instruir elemental y cristianamente, según las propias facultades y tiempo disponible, a los niños pobres, a sus padres y a los presos; distribuir libros morales y religiosos entre los socorridos y dedicación a toda clase de obras de caridad». Ninguna obra de caridad, por tanto, es ajena a las Conferencias.

Para eso, la Sociedad y sus Conferencias son flexibles y adaptables a los cambios de los tiempos y las necesidades humanas, conforme advirtió ya el primer Consejo general: «Comprendamos que la diferencia de tiempos trae consigo la diferencia de necesidades, y que las obras de fe, que son siempre las mismas en sus principios, se han modificado siempre en sus actividades, según la índole de estas necesidades» (Cir. de 1 de marzo de 1844).

El Reglamento actual (mayo de 1975) establece: «La Sociedad de San Vicente de Paúl, fiel a sus fundadores, tiene como preocupación constante, la de renovarse y adaptarse a las condiciones cambiantes de los tiempos… Ninguna obra de caridad es ajena a la Sociedad. Su acción consiste en toda clase de ayuda que por un contacto de persona a persona trata de aliviar el sufrimiento, y de promover la integridad y la dignidad humana. Busca no solamente desterrar la miseria, sino también el descubrir y remediar las situaciones que son su causa… El vicentino está al servicio del pobre. No juzga. Siempre está disponible» (Reglamen­to, páginas 27-28).

Fuente: http://somos.vicencianos.org

Bicentenario Federico Ozanam: Conociendo vida y obra del fundador

30 Ago

Ozanam, un sabio entre los pobres: La Conferencia de Caridad (1833)

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Federico está entre los más asiduos a las conferencias de historia; acude regularmente con sus camaradas de derecho, Le Taillandier, Lamache, Lallier y el grupito de lioneses a quienes se ve siempre acompañándole. Por su don de gentes, su bondad y su erudición, los compañeros de Ozanam le han constituido en su jefe de filas, su portavoz. Federico se siente abrumado bajo el peso de un prestigio tal.

“Me llaman, me invitan… me lanzan por delante. Y como Dios y la educación me han dotado de cierto tacto, de cierta amplitud de ideas y margen de tolerancia, quieren hacerme jefe de la juventud católica de este país… debo estar a la cabeza de todo movimiento y cuando se trata de algo difícil el peso recae sobre mí… Soy consciente de mis debilidades a los 21 años, por eso las solicitudes y los elogios me humillan bastante y me entran casi ganas de reírme de mi importancia”.

¿De dónde nace esa admiración, si su naturaleza embarazosa y tímida limita toda ambición, paraliza toda energía? Le gusta el diálogo, la discusión, pero ¡qué hondo le parece el abismo entre los argumentos que se imagina persuasivos, brillantes y las pobres palabras temblorosas que salen de su boca! Y sin embargo, cuando siente el golpe, cuando le atacan en sus convicciones profundas, los ojos se iluminan, el gesto se precisa, la verdad se abre paso, primero con dificultad, luego estalla de repente como una llamarada, y Federico se vuelva expedito, elocuente.

Un día, en el curso de una de estas conferencias de historia, se aborda el tema de la fe activa. Un joven sansimoniano, fiel a la doctrina de sus maestros, ataca de frente a los militantes católicos: “Vuestra fe, dice, está en los libros, no en las obras; ¿qué hacéis vosotros para ayudar a los pobres, a los desheredados?”. Ozanam se siente profundamente humillado, como abofeteado; le hierve la sangre en las venas. Es tímido pero está siempre documentado, de manera que se levanta de un salto: “La Iglesia ha sido siempre amiga de los pobres, replica. Cristo ha venido a salvar a todos los hombres. Desde los comienzos del cristianismo hasta hoy, la Iglesia ha conjugado todos sus esfuerzos para desterrar la esclavitud, es ella la que…”. Aquí le interrumpe su fogoso adversario: “Estáis hablando del pasado, señor Ozanam, yo os pregunto qué hacen los católicos de hoy, vos, vuestros compañeros”.

Presa de una fuerza espontánea, Ozanam no se deja impresionar ni mucho menos. Recuerda a su interlocutor la presencia de muchas comunidades religiosas que trabajan en el centro de París en los barrios miserables, y fija la atención en el Instituto de BonSecours creado recientemente por el arzobispo de París, Monseñor de Quélen. “Admitiréis que esta caridad es valiente, ya que se realiza dentro de la ilegalidad, sin aprobación oficial del gobierno…”. “Se trata de órdenes religiosas, replica su oponente, pero ¿qué hacéis los laicos y los estudiantes como vosotros para ayudar a los pobres?” Federico ha recuperado la calma. Sus compañeros, al borde de sus asientos, están pendientes de él. “No acostumbramos a darnos importancia, responde tranquilamente Ozanam… Sin duda os producirá sorpresa, amigo mío, que muchos de nosotros dedican parte de su tiempo y los escasos recursos que tienen a socorrer a los desprovistos” (Ozanam aludía así a las familias que visitaba de vez en cuando con sus amigos, para ayudar a la Hermana Rosalía). “No obstante os confieso, sigue diciendo, que nos sentimos incapaces y que se impone una caridad más organizada”.

El joven sansimoniano se echa a reír. “Pero, ¿qué esperáis hacer? Sois un puñado de jóvenes, ¿y de esa forma esperáis aliviar las miserias de una ciudad como París? Por muchos que os juntéis, no lograréis gran cosa. Nosotros, por el contrario, continúa, nosotros elaboramos ideas y sistemas que reformarán el mundo y extirparán la miseria para siempre. En un instante, nosotros haremos por la humanidad más que vosotros en muchos siglos…”. Confiado y dueño de sí, Ozanam responde:

Acordaos de que los sistemas son a menudo complicados y efímeros. El catolicismo ha descubierto mucho antes que vosotros los principios de la justicia y de la caridad. No está prohibido tener grandes proyectos, amigo, pero la Iglesia de Cristo, la Iglesia perseguida en nuestros días como en tiempos de los romanos, no ha dejado de existir a pesar de haber sido fundada sobre doce pobres hombres y sobre uno en particular llamado Pedro”.

La atmósfera es tensa; Federico se da cuenta; continúa:

Os olvidáis del papel que jugó el año pasado entre las víctimas del cólera; el seminario, el arzobispado, las residencias presbiterales se transformaron en hospitales, se formaron grupos de laicos para cuidar a los enfermos, tanto ricos como pobres, de eso ya hablaron bastante los periódicos, y a propósito de periódicos, os supongo al corriente de los escritos de los señores Lacordaire, de Montalembert y de Chateaubriand que predican un catolicismo social, más cerca de las gentes. Se dará cuenta, amigo mío, que no son sólo los Enfantin4I y los Proudhon quienes se ocupan del pueblo y hablan de un nuevo cristianismo”.

La alusión no era malévola; la había pronunciado con una chispita de humor, pero no por eso dejó de desencadenar una salva de aplausos.

Los partidarios de Ozanam, se levantan, le rodean, le felicitan; hay apretones de manos y palmadas en el hombro. Federico se muestra sensible a estas señales de amistad, pero se queda pensativo y tiene prisa por estar solo. Casi mecánicamente recoge su bufanda, la chistera y el abrigo. Le Taillandier le espera a la salida. Sus miradas se encuentran. Federico conoce de sobra a su amigo para darse cuenta de que está preocupado…

— “Nuestros debates son batallas de palabras, declara Le Taillandier sin rodeos. Has hablado bien, Federico, pero es hora de pasar a las obras, ¿no te parece? Hay que despertar, arrastrar a los demás, Clavé, Lamache, en una palabra a todos los que han manifestado el deseo de hacer algo…”.

Los dos hombres, con la cabeza baja, penetran en el viento frío de primeros de abril. La calle se halla desierta, y el resplandor vacilante de los faroles reúne sus sombras alargadas en una sola; se diría un fantasma gigantesco.

— “Tienes razón, afirma Ozanam, debemos mantenernos unidos. Yo te he hablado ya de esta vasta asociación generosa con la que sueño hace tiempo y que nos ofrecería la ocasión de poner en práctica nuestro catolicismo…”

“Esta vasta asociación generosa no contaría hoy entre nosotros más que con cinco o seis adeptos, hemos de ser realistas, Federico”, responde Le Taillandier.

— “Eso no importa, contesta Ozanam, animado. Podríamos formar el núcleo de una asociación caritativa, reunirnos a menudo, visitar a los pobres. Y luego dividirnos en pequeños grupos…”.

— “El señor Bailly podría ayudarnos sin duda”, añade Augusto.

Pero Federico no escucha ya, continúa con su idea.

— “Hay conferencias de derecho, de medicina, de literatura, exclama Ozanam, ¿por qué no una de caridad? La caridad es el lazo por excelencia para cimentar la amistad. Mañana voy a ver a Bailly y a hablar de esto con Lallier… tal vez lleguemos a interesar a Clavé en nuestros proyectos”.

— “Claro que sí”, dice Le Taillandier. “Y voy a avisar a Devaux y a Lamache”.

Habían llegado ya al pequeño hotel que habitaba Federico, en la calle de Grés. Augusto se quedaba muy cerca, a unas manzanas de allí.

— “Bueno, ¿no subes?”, dice Federico. “Sólo son seis pisos, para entrar en calor”.

— “Es tarde ya, te lo agradezco”.

— “Entonces hasta mañana”, dice Ozanam, dándole la mano. “No dejes de rezar por nuestra pequeña sociedad”.

— “Buenas noches, Señor Fundador”, lanza Augusto con la mayor seriedad. “No me olvidaré”.

Federico sube de una zancada los cuatro peldaños del descansillo, luego los baja de prisa y alcanza a su amigo. Agarrándole por el brazo, le mira a los ojos: “Dime que eres feliz, Le Taillandier. Pasamos a las obras…”.

El otro le empuja riéndose. “El futuro nos espera”, grita, sosteniendo apenas su sombrero mientras el viento se cuela en su capa ancha, hinchándola como una inmensa vela. A Federico le divierte un poco el espectáculo y, pensativo, vuelve sobre sus pasos. Aquella noche tardó tiempo en dormirse…

En los días que siguieron, Federico habla a Bailly de sus proyectos; éste le escucha con atención y, como era de esperar, le anima. Aconseja a Ozanam que acuda con sus amigos al señor Olivier, cura de SaintÉtienneduMont.

Esta visita no fue fructuosa por desgracia. Sorprendido y poco habituado a las novedades, el buen sacerdote les sugirió que se dividieran en grupos pequeños y enseñaran el catecismo a los niños pobres. No hace falta decir que este programa no agradó a ninguno de los dos. Federico explicó cortésmente que la iniciativa era laudable pero que tenían la intención de ayudar primero materialmente a los pobres y, más adelante, tal vez, intentar conducirlos a la práctica religiosa. Se fueron decepcionados. Ozanam reanimó no obstante su entusiasmo proponiéndoles una primera reunión para el 23 de abril, en casa de Bailly, en los locales de la Tribune catholique, de la calle PetitBourbonSaintSulpice.

Fieles a la cita, los jóvenes llegaron juntos y tomaron la oficina de su consejero y amigo por asalto, ¿qué hora sería, las ocho de la tarde? El sol se retrasaba y dibujaba extraños arabescos en las paredes de este local vetusto que olía a tinta y a imprenta. Allí estaban, en torno a la mesa, Le Taillandier, Félix Clavé, neófito, Julio Devaux, Paul Lamache, el artista de corazón tierno, Francisco Lallier, Federico y, claro está, Emmanuel Bailly, el obrero de tiempo completo.

Bailly propuso una oración, el Veni, Sancte Spiritus. ¿No era algo natural que el Espíritu Santo se inclinara sobre el entusiasmo de este grupito?

A decir verdad los jóvenes estudiantes no tenían demasiada idea sobre la marcha de la reunión y, después de algunas intervenciones trabajosas, se volvieron a Bailly para pedirle luz y orientación. Éste se les queda mirando uno a uno. ¡Qué hermosotes están así con el pelo revuelto y barba en collar! Le Taillandier, el de mayor edad, acaba de cumplir los 22. Todos llevan levita, más o menos brillante y raída, corbata ancha, pasada bajo el chaleco, y el pantalón estrecho. El pantalón con trabillas queda reservado a los verdaderos burgueses… A Bailly le impresiona su decisión, pero adivina a la vez por sus ojos cierta inquietud.

Les recomienda que vayan a entenderse con Sor Rosalía a quien ya conocen Ozanam y sus amigos, por haber hecho alguna visita a los pobres del barrio de Mouffetard. Estas visitas podrían, en lo sucesivo, estar mejor organizadas, y ser más regulares…

— “Podríamos reunirnos cada semana quizás, traer ropas, algún alimento”, propone Federico.

— “Yo os ofrezco este local de mil amores”, interviene Bailly. “Vosotros escogeréis el día y hora a vuestro gusto”.

— “Siempre tan generoso, el señor Bailly”, lanza Le Taillandier, “¡qué íbamos a hacer sin usted!”.

— “¿Tendría la bondad de presidir nuestras pequeñas reuniones?”, pregunta Federico tímidamente…

Bailly se queda pensándolo un momento; tiene tanto trabajo, la conferencia de historia, el periódico, la pensión…, pero cediendo a su habitual bondad:

— “Acepto”, dice sin más. Lallier se pone a aplaudir, y los demás le imitan.

— “Sin embargo”, continúa, “debo advertir que esta pequeña Sociedad es asunto vuestro, de Federico para ser más exactos, que sueña con ella hace tanto tiempo…”.

— “Sin duda queréis decir que es el núcleo de la vasta asociación con la que sueña”, añade Le Taillandier, burlón, subrayando el adjetivo.

— “El futuro es de los audaces; ¿no se trata sobre todo de pasar a las obras?”, salta Federico, incordiando a su vez a su amigo.

La vivacidad de espíritu de Federico salía triunfante de todas las situaciones; la atmósfera se hallaba distendida y jubilosa.

—“¿Qué nombre le daremos a nuestra conferencia?”, pregunta Clavé, con prisas de verla tomar forma.

— “Es algo pronto para bautizarla”, responde Devaux, “sería mejor pasar nuestras pruebas, esperar unas semanas”.

— “Tienes razón”, dice Ozanam, “es más prudente esperar un poco, pero podemos ir pensándolo”.

— “Ya es de noche”, constata Lallier, recorriendo con la mirada la silueta desvaída de los pupitres y taburetes que llenan la sala.

Se había hecho de noche y no se habían dado cuenta. Emmanuel Bailly se levanta, enciende la lámpara y echa un vistazo al reloj.

—“¡Muchachos”, dice, “son ya más de las nueve! Aquí tengo unas empanadas y una botella de vino tinto, esto hay que celebrarlo”.

— “Y a la vez los veinte de Federico, porque hoy es 23 de abril, ¿no?”, añade Augusto Le Taillandier, muy orondo por el efecto sorpresa.

Se forma un alboroto y se mueven las mesas para felicitar a Federico y darle la mano, deseándole toda clase de venturas. Emocionado Ozanam, apenas llega a contener las lágrimas. ¡Se siente dichoso! En este ambiente de amistad y franqueza acaba de nacer la primera Conferencia de caridad. ¿Qué otra cosa mejor puede desear?

Al salir de casa de Bailly, con ánimo festivo, y del brazo, forman una cadena feliz por la calle estrecha y tranquila. Algunos transeúntes vuelven la cabeza curiosos, preguntándose qué festeja esta pandilla, que parecen el vivo retrato de los bohemios.

En el mes de mayo, deciden juntos ir a ver a Sor Rosalía, la maravillosa madre Teresa del siglo XIX. Los recibe en su pequeño locutorio que los visitantes dan en llamar ‘el ministerio de la caridad’, y les traza un programa. “¿Queréis venir el martes después de la reunión de la Sociedad?” ¿Por qué no? Ella se ocupará de entregarles bonos para que las familias visitadas puedan procurarse pan. “¿Quieren contribuir con su bolsillo, traer ropa, provisiones, libros? ¡Bien!”. Con tal que los jovencitos sepan respetar a “sus” pobres, amarlos sobre todo, y sobre todo no juzgarlos. El apostolado ya llegará, a su tiempo y en su lugar…

La época de las grandes vacaciones se acercaba, no hubo pues más que unas reuniones antes de la vuelta en octubre. Ya en junio Lallier propone la admisión de un joven sansimoniano converso, Gustave Colas de la Noue, que ha expresado deseos de unirse al grupo. Y ¡cuál no será su sorpresa al advertir cierta reticencia en el seno de la pequeña sociedad! Abundan las objeciones: “nos entendemos tan bien”; “formamos un grupo homogéneo”; “si incorporamos más miembros, el local no será capaz…”.

Ozanam, divertido al principio por estas opiniones, no tarda en intervenir:

¿No somos unos egoístas?” Les hace notar. “No sabéis en cuánto estimo la amistad. A mí también me complacería mantener esta intimidad, este espíritu de equipo, este pequeño círculo restringido donde nos encontramos tan bien juntos; pero si el fin de nuestra sociedad es acoger a cuantos jóvenes quieran vivir su fe de un modo práctico acercándose a los pobres, no sólo debemos abrir la puerta de par en par, sino reclutar nuevos miembros…”.

Bailly, que presidía las sesiones (y debió hacerlo durante once años), se reía de estas discusiones un poco pueriles en las que cada uno se expresaba con naturalidad y sinceridad. Ozanam y Lallier consiguieron lo que querían y Colas de la Noue fue admitido en la conferencia desde el martes siguiente.

Comenzaron a elaborar las estructuras de la pequeña Sociedad.

Ozanam y sus amigos habían dejado bien claro que debía ser laica y tener por fin ‘el alivio de las desgracias individuales mediante el encuentro personal con el pobre’.

Las reuniones se celebrarían semanalmente el martes. Los recursos vendrían de una colecta discreta (era Devaux quien debía pasar el sombrero), en la que cada uno contribuiría según sus posibilidades. A esto se podrían añadir eventualmente donativos de personas caritativas, provisiones, algo de leña y ropas, mientras fuesen limpias y bien repasadas; lo que produjo admiración en algún neófito ¡claro!

Las primeras visitas, como miembros de la nueva Sociedad, tuvieron algo de solemne. La gente del barrio SaintMarceau se extrañaba de ver a estos jovencitos bien vestidos y distinguidos circular por sus callejuelas sucias e insanas. Se dirigían primero a la oficina de Sor Rosalía. Ésta, siempre atareada con mil trabajos, los recibía con entusiasmo. A cambio del producto de su colecta, les distribuía bonos que permitían a las familias designadas procurarse alimentos en los comerciantes del barrio. Luego los estudiantes se separaban y de dos en dos subían por las oscuras escaleras de las buhardillas o entraban en las chabolas húmedas que olían a rancio, potasa y ropa sin secar. Eran bien recibidos casi siempre, charlaban un rato, preguntaban por la familia, tomaban nota en un papelito de las necesidades inmediatas y, antes de marcharse, repartían unos bonos, una chaqueta, velas, un poco de leña de sus escasas reservas. Intercambiaban un apretón de manos, prometían volver y volvían a bajar dichosos por haberles escuchado y ante todo y sobre todo por haber sido portadores de algo de esperanza…

El martes siguiente, una vez dicho el Sub tuum y una lectura breve de La Imitación de Cristo, Bailly pedía cuenta a cada uno de sus visitas, y juntos decidían arreglar los problemas. La discreción era de rigor. El contacto con la miseria no dejaba de impresionarlos a pesar de todo, y a veces sublevarlos.

Víctor Hugo, en Les Misérables, ha dibujado sin suavizarla la verdad cruel de los pobres. El pueblo, amontonado en barrios vetustos y malsanos, estaba a la última pregunta. El mundo obrero no se encontraba organizado y, por tanto, era explotado. Las mujeres y los niños de doce, diez u ocho años trabajaban hasta diez horas al día en las fábricas inmundas, sucias y oscuras, sin poderse permitir más que una pequeña ración diaria de pan y patatas, mientras los ricos propietarios se daban buena vida con el producto de sus tierras, servidos por campesinos reducidos también a condiciones inhumanas. La burguesía y los políticos hacían bonitos proyectos, elaboraban sabias reformas que no conducían a ninguna parte; pasaban el invierno en Mallorca y al regreso daban fiestas y recepciones fabulosas.

Los pobres no son ni ciegos ni sordos; en ellos también fermentan ideas. El 1789 y el 1830 no estaban tan lejos, después de todo. Las pasiones empezaban de nuevo a agitarse, y el fenómeno no escapaba a la clarividencia de los jóvenes estudiantes y menos a la de Federico. “La cuestión que divide a los hombres en nuestros días, escribe a su amigo Janmot, no es ya una cuestión de formas políticas, es una cuestión social; se trata de saber si triunfará el espíritu de egoísmo o el espíritu de sacrificio […] Hay muchos hombres que tienen demasiado y que quieren tener más; hay muchos más que no tienen nada y que quieren tomar si no se les da nada. Entre estas dos clases se prepara una lucha y esta lucha amenaza con ser terrible; por una parte el poder del oro, por otra el poder de la desesperación”.

Nadie sospechaba, por entonces, ni Bailly, ni Ozanam, ni sus compañeros, del papel importante que estaría llamada a desempeñar, en este mundo perturbado, la pequeña Sociedad nueva, tan modesta y tan frágil en sus comienzos.

Fuente: http://somos.vicencianos.org/

Bicentenario Federico Ozanam: Conociendo vida y obra del fundador

31 Jul

Federico Ozanam: El aprendizaje (París 1831-1833)

Frederico_Ozanam

Ozanam, a su llegada a París, no tiene nada de per­sonaje seductor, cosa que los años se encargarán de demostrar.

De estatura media, abundante cabellera algo descuida­da, amplia nariz y generosos labios, no produce impresión. Tímido y torpe, es el vivo retrato del joven de provincia, “del verde”, del bisoño que llega a la capital. Además, su mala vista produce en él al principio una mirada apagada que se despierta cuando se anima la conversación. Y, sin embargo, ¡qué gracia, qué carisma emanan de él! Sus ami­gos le rodean, le invitan, le escriben, le piden consejo. Se diría que es una brasa tranquila e inextinguible en la que todos se encienden, como “en los fuegos benditos de épo­cas antiguas que mantenían vivos, siglo tras siglo, las mon­jas de Irlanda”.

Para comprender bien a Ozanam, es preciso situarle literalmente en su época, recordar sin cesar el medio que era el suyo y, al igual que para una representación, captar bien los decorados y el ambiente en los que será llamado a vivir.

Luis Felipe, que hace un año que reina, dista mucho de haber aliado todas las tendencias. Gran número de realistas están convencidos todavía de que ha usurpado el trono a expensas del nieto de Carlos X, el duque de Burdeos. El des­contento está latente, pues los verdaderos republicanos se sienten igualmente frustrados por esta monarquía que los burgueses les han impuesto. Revueltas esporádicas estalla­rán en París como en provincias los años siguientes. La Con­gregación, organización religiosa controvertida que reagru­pa a los cristianos más decididos —no por eso los más auténticos—, acaba de ser disuelta. La religión católica no es ya la religión del Estado. Se ha suprimido la paga a los car­denales, las Cámaras renuncian a garantizar la seguridad del clero. Sacerdotes han sido ejecutados, otros han apostatado o han dejado los hábitos, la mayor parte quedan circunscri­tos en su iglesia. Algunos valientes continuarán dando testi­monio claro de sus creencias.

Todo este torbellino de opiniones ha dado origen a numerosas sectas, como a una proliferación de organizacio­nes de carácter social y religioso que se abren más o menos clandestinamente. La época es romántica y libertina, y es de buen tono ser anticlerical.

Los grandes escritores están en plena actividad. Balzac redacta su Comédie humaine, Hugo acaba de escribir Notre-Dame de París, Lamartine, el poeta, se inclina hacia la política, mientras que Chateaubriand, cansado y arruina­do, la abandona para escribir sus Mémoires. Es el periodo en que George Sand publica Lélia y vive sus pasiones sucesivas con Sandeau, Musset y Chopin. Liszt y Berlioz, los inmor­tales de la música, se encuentran en la cumbre de su gloria. Montalembert y Lamennais acaban de fundar, en 1830, l’Avenir que instauraba un catolicismo liberal, favorable a la separación de la Iglesia y el Estado. La elocuencia y la escri­tura tienen una importancia primordial en el siglo XIX, y no olvidemos que son los clavos de oro que fijan las ideas. Existe incluso en la Sorbona, ¡qué paradoja!, ¡una cátedra de elocuencia sagrada!

Federico, por sus lecturas, ha sufrido la influencia de estos brillantes personajes, de forma que se puede afirmar que se ha pegado literalmente al mundo de su tiempo desde el final de su adolescencia. Debido a la educación muy reli­giosa que ha recibido y a sus propios valores como hombre, no se adhiere a las costumbres fáciles y libres de su época, pero, en el plano intelectual, se le ve informado y presente. Su estilo, a juzgar por sus escritos y correspondencia, es líri­co, sobrecargado, a menudo pomposo muy en desacuerdo con la lógica sencilla y traslúcida que caracteriza su pensa­miento y sus razonamientos. Este estilo se remozará y se despojará, a medida que Ozanam adopte ideas más amplias y más democráticas.

Su percepción clarividente de la modernidad, su erudi­ción auténtica, su moderación y su tolerancia harán de él un jefe de fila que, a pesar de su corta carrera, sabrá despertar a sus contemporáneos a un catolicismo comprometido y liberal.

Sería difícil hoy comparar a Ozanam con un personaje que reúna las múltiples facetas de su personalidad. Podría ser un Teilhard de Chardin más accesible, un Jean Vanier más politizado, un André Frossard historiador… La fantasía de estas comparaciones no disminuye en nada a los seres excepcionales que acabo de nombrar. ¿No nos dota Dios a cada uno de nosotros con una variedad de dones para dar cumplida respuesta a las necesidades que uno es llamado a vivir? Y si el Eterno es inmutable, el mundo sigue, cambia, se transforma, como las innumerables coincidencias de un caleidoscopio.

Hemos dicho, al comenzar este capítulo, que Ozanam llegaba a París con la ingenuidad de un novato; no es del todo justo pues su medio cultural le había preparado al menos para las polémicas y las corrientes de ideas que pre­valecían en la capital. Ozanam había tenido la ocasión, muchas veces, de expresarse en revistas y en periódicos, y su padre, conocido por sus notables obras de medicina cola­boraba regularmente en La Revue des deux mondes. Federi­co había vivido sobre todo rodeado de afecto y de cuidados, en una especie de crisálida, por decirlo así. Por eso las pri­meras impresiones de su vida en París son decepcionantes. Se siente solo, la pensión le desagrada, la gente de allí es alborotadora y vulgar, las comidas, mediocres. Se burlan de él porque guarda abstinencia los viernes. En una palabra, se siente desdichado.

Era costumbre en aquel tiempo hacer visitas de “cum­plido” a los conocidos y amigos de la familia, lo que hoy se llamaría “establecer contactos”. Federico, aunque tímido, tiene en mucho esta costumbre. Así al poco tiempo de llegar a París, se presenta en casa del gran físico y matemático André Ampére, lionés de origen y miembro del instituto. Lo recibe con los brazos abiertos, le pregunta sobre los estudios, sobre él, sobre sus impresiones. Al ver que no está contento en la pensión, le ofrece la habitación de su hijo que la ha deja­do libre por viajar a Alemania. “Os ofrezco mesa y habitación en mi casa por el mismo precio que vuestra pensión. Vuestros gustos y sentimientos son análogos a los míos. Me gustará poder conversar con vos. Podréis conocer a mi hijo que ha trabajado mucho en la literatura alemana, su biblioteca está a vuestra disposición. Guardáis abstinencia, nosotros también. Mi cuñada, mi hija y mi hijo comen conmigo, así tendréis una agradable compañía. ¿Qué os parece?” Federico se siente confuso, y rebosa de alegría. Expresa su agradecimiento y al día siguiente escribe a Lyon una carta entusiasmado; para convencer mejor a su padre, procura añadir: “Allí aprenderé el buen tono y los modales parisinos”.

Federico se instala en casa de Ampére a finales de noviembre de 1831; allí seguirá hasta marzo de 1833. Una bella amistad unirá al maestro y al estudiante.

Ampére era hombre de gran bondad y profundamente religioso. Federico cuenta cómo un día, a media tarde, entra a hacer una visita corta a su iglesia parroquial, Saint-Étien­ne-du-Mont. ¡Cuál no fue su sorpresa al ver, en un lado, al gran físico pasar tranquilamente las cuentas del rosario! “El rosario de Ampére, escribirá más tarde, ha hecho más por mí que todos los libros y todos los sermones”.

Federico será feliz entre los Ampére, en la calle de Fossés-Saint-Victor. Se lo comunica a sus padres: “… mi habitación es caliente, iluminada y alegre… La cocina es buena y variada sin exageración […] El señor Ampére es conversador. Su charla a la vez que divertida es instructiva: he aprendido mucho desde que estoy a su lado […j Dotado de una memoria prodigiosa, domina la historia a maravilla, lee con tanto placer una disertación sobre los jeroglíficos como un relato de experiencias físicas y de historia natural. Todo lo hace de manera instintiva. Los descubrimientos que le han elevado al alto rango en que se encuentra hoy se le han ocurrido, dice, sin saber cómo. Está acabando un gran proyecto de enciclopedia”. Federico precisará en otro lugar que el sabio se detenía a menudo durante sus trabajos para exclamar: “¡Qué grande es Dios, qué grande es Dios!”

Ozanam menciona igualmente a su padre que ha visto el día anterior al señor de Lamennais, joven sacerdote perio­dista de ideas nuevas, y que se propone visitar pronto al señor de Chateaubriand. Está maravillado por la erudición que encuentra en París; los buenos libreros son también sabios, añade.

Al poco tiempo, un compañero de derecho le presenta a Emmanuel Bailly, profesor de filosofía, propietario y director de La Tribune catholique. Bailly tiene cuarenta años; tal vez por su escasa estatura y por su cabello ya gris, le llaman el “papá Bailly”. Recibe en su casa en pensión a muchos jóvenes estudiantes pobres; aquí es donde el mismo Beaudelaire, rechazado por todos los colegios, acabará el bachillerato en 1839. La señora Bailly es bonita, llena de atenciones; Ozanam viene a menudo a la casa de los Bailly, porque el editor, en una especie de despacho adosado a la imprenta, pone a disposición de sus protegidos un montón de ejemplares de los periódicos y revistas del tiempo que no dejan de atraer a los jóvenes intelectuales. La atmósfera es por lo común distendida, pero a veces la discusión adquiere una forma épica que el buen talante del padre Bailly mode­ra enseguida.

Federico, despreocupado de los cuidados materiales que habían oscurecido sus primeras semanas, robustecido por el ambiente cálido de su pensión, rico en nuevos amigos, Le Taillandier, Lamache, Lallier, le va tomando gusto a la vida parisina. “He comenzado el curso de derecho, escribe a Balloffet, y ya estoy de lleno en Las Institutas y el Código civil. Los profesores que he escogido son muy sabios’, muy hábiles, pero difusos y a menudo adormecedores…” .

Federico ve con frecuencia a su primo Enrique Pes­sonneaux y a sus compatriotas lioneses que forman una pequeña colonia en la capital. A pesar de llevar una vida plena, se siente a menudo solo, y París se le presenta toda­vía como un lugar de exilio. En el aspecto filosófico, Oza­nam se interesa por lo que pasa en rededor, pero no halla satisfacción en las teorías racionalistas defendidas por Benjamín Constant, Jouffroy, Quinet y los discípulos de Saint-Simon, ni en las teorías llamadas tradicionales, con apoyo histórico y mantenidas por Chateaubriand, de Lamennais y Ballanche. Siente la necesidad de engrande­cer el cristianismo a través de los tiempos para restituirle su lugar en este mundo en que el ateísmo se extiende cada vez más. Consumirá tardes enteras en la biblioteca espigando los elementos de su historia de las religiones.

Navidad y Año Nuevo llegarán sin que Federico pueda ver a los suyos. ¿No dista Lyon cien leguas de París? Los medios de su familia son modestos, entre la necesidad y la comodidad, precisará el mismo Ozanam. El puesto que ocupa su padre en el Hospital de Lyon es más de prestigio que de lucro. Federico lo sabe y no solicita siquiera el privi­legio de ir a verlos. “Me he acordado de que existe un lími­te para todas estas alegrías infantiles, les escribirá, y que los placeres inocentes de familia no están para el que vive aisla­do en la capital”. A su madre, que se interesa por la clase de regalo que desearía como aguinaldo, responde que desearía recibir dinero, tener algún libro, ah sí, sus pantalones grue­sos se han quedado finos; es mejor poner remedio. ¡La razón es antes que los caprichos!

El año 1832 comienza con buenos auspicios. En la Sorbona, Ozanam se siente solidario con muchos jóvenes estu­diantes católicos que se atreven a inscribirse en falso y pro­testar contra las teorías racionalistas de sus profesores. Éstos no se molestan en despreciar abiertamente el cristianismo. Ya el señor Saint-Marc Girardin, profesor de historia, se ha excusado ante sus alumnos, y algunas semanas después, el célebre profesor Jouffroy, después de ignorar por largo tiem­po las protestas escritas de sus estudiantes, se retracta tam­bién. “El numeroso auditorio compuesto de más de doscien­tas personas escuchó con respeto a nuestro profesor, cuenta Ozanam. El filósofo se agitó en vano para responder; se con­fundió en excusas, afirmando que no había querido atacar al cristianismo en particular, que sentía hacia él alta considera­ción, que en lo sucesivo trataría de no herir más las creen­cias”. Ozanam y sus compañeros están decididos a mostrar su repulsa cada vez que se sientan atacados en su fe.

Ozanam sigue con vivo interés las conferencias del abate Gerbet, discípulo y amigo de Lamennais, y se matri­cula en las clases de economía política del señor de Coux.

De pronto, en el mes de marzo estalla el cólera en París, y sus estragos inquietan mucho a Federico; no sabe si debe marcharse y volver a Lyon. “El cólera ha alcanzado un momento espantoso, escribe a sus padres. En el término de catorce días, ha atacado a 3.075 personas, y han muerto 1.200. Ayer hubo 717 enfermos, se ven en las plazas carretas cargadas con cinco, diez o doce ataúdes […] En medio de estos espectáculos dolorosos, la caridad no se cansa. Ya os he contado que nuestro prelado (Monseñor de Quélen) había dado el seminario y su casa de campo para convertirlos en hospicios […] Los señores Lazaristas han abierto su casa para los enfermos; muchos curas les han entregado su resi­dencia presbiteral; se van a constituir hermandades de hom­bres y mujeres para ayudar a los infortunados…”.

En el mes de mayo, sin embargo, la enfermedad remite y Federico, que había resuelto quedarse en París, atraviesa ataques de melancolía profunda, que retrasan su trabajo y le quitan las ganas de vivir. El hastío le carcome. Entra en con­tacto con el abate Marduel, lionés pero establecido en París. Le anima a distraerse y le da carta blanca para leer cuanto le guste. Recordemos que el Índice (catálogo de los libros prohibidos por la Iglesia) jugaba un papel muy impor­tante por entonces y que los mejores escritores, Béranger, Constant, Lamartine, Lamennais, Quinet, Sainte-Beuve, Sand, estaban marcados a hierro rojo por la ilustre Congre­gación. Federico se aprovecha pues de este privilegio para familiarizarse con los autores ingleses y protestantes y pide permiso a su padre para recibir lecciones de inglés. Esta len­gua sería naturalmente un florón más en su fama de políglo­ta. En julio de 1832 ya, dirige a Falconnet una larga carta en seis lenguas: griego, latín, italiano, inglés, alemán y fran­cés. Y para diversión de su amigo la concluye en hebreo, pidiéndole que lea el último párrafo de derecha a izquierda.

El periodo de exámenes de derecho se acerca y de pron­to se le presenta como algo temible. No ha trabajado mucho, sabe muy bien que los cursos de filosofía y de letras, al igual que sus investigaciones sobre historia de las religiones, han acaparado lo mejor de su tiempo…

“Poco habituado como estoy al estudio del derecho, no he sabido trabajarlo como debía durante el año, escribe a un amigo, y cuando acabo de trazarme un plan, me exigen el conocimiento de las materias, ¿qué hacer? No puedo dejarlo ahora y me presento a la buena de Dios y con escasa confianza en mí mismo”.

Federico vuelve pronto a su querida ciudad de Lyon. Durante sus vacaciones conversa largo y tendido con su madre, viaja por los alrededores con su padre y recupera salud y ánimos. Habiendo aprobado sus exámenes, Federico vuelve a París y en noviembre de 1832 comienza su segun­do año de derecho.

Muchos sucesos han tenido lugar durante el verano en esta Francia que Luis Felipe desearía más tranquila. La duquesa de Berry, madre del duque de Burdeos, ha inten­tado una rebelión armada en la Vendée y está prisionera en Blaye. En junio, el rey ha proclamado el estado de sitio por la breve insurrección ocasionada por los funerales del general Lamarque, uno de los jefes de la oposición repu­blicana. En el mes de agosto, la encíclica Mirari vos de Gregorio XVI condena de forma categórica el programa de L’Avenir; Federico está consternado. Lamennais y sus principales colaboradores, Montalembert y Lacordaire, se someten públicamente con todo a la autoridad del Ozanam, no sin nostalgia, pasará el periodo de Fiestas, una vez más, en París. En una carta a Falconnet, con fecha del 5 de enero de 1833, anuncia su empleo del tiempo: “… Aquí pues cuando comienza mi aprendizaje, escribe, tres cosas deben ser objeto de mis estudios: la jurisprudencia, las cien­cias morales y algunos conocimientos del mundo bajo el punto de vista cristiano. Tres medios se nos han dado en este momento por la Providencia para ejercitarnos en esta triple carrera. Y son las conferencias de derecho, las de historia y las reuniones en casa del señor de Montalembert”.

Las conferencias de derecho se celebran dos veces por semana. Los estudiantes se ejercitan en defender cuestiones controvertidas. A cada uno se le concede una hora para pre­pararse, sin leer nada; se debe improvisar. Sigue una crítica de los puntos de vista y de las actitudes. Federico encuentra la experiencia valiosa, elogia el mérito y talento de sus com­pañeros, pero su propio papel nunca le parece satisfactorio; se pone rígido contra la debilidad de sus posiciones, contra su voz temblorosa, contra su timidez casi enfermiza.

La conferencia de historia le interesa más. Es una espe­cie de reunión literaria, “últimos restos de la antigua Sociedad de los Bonnes Etudes”, fundada por Emmanuel Bailly.

Cuenta con unos cuarenta miembros que se reúnen todos los sábados. Los trabajos preparados de antemano tocan todos los temas. Se habla de geografía, de filosofía, de arte, de his­toria, de religión y de economía. Queda excluido, sin embar­go, voluntariamente el terreno espinoso de la política. Se admiten todas las opiniones. Los católicos se mantienen solidarios, se preparan bien y les sonríe siempre la victoria intelectual. Existe entre ellos, según precisa Ozanam, una cordialidad franca e íntima, una especie de fraternidad muy especial; para los otros hay benevolencia y cortesía. Somos una decena, unidos más estrechamente todavía por los lazos del espíritu y del corazón.

Los ensayos e intervenciones de Federico se destacan de modo particular, y este juicio permite a Ozanam afirmar­se y confiar en sí mismo.

Todos los domingos, el señor Montalembert abre por las tardes a los jóvenes y se preocupa por que sean persona­jes selectos. El Señor de Coux, d’Ault du Mesnil, Mickie­wicz, el célebre poeta lituano, Félix de Mérode, que la nación belga quería tener por rey, Sainte-Beuve y Victor Hugo llegan allí sucesivamente. Ozanam encuentra en estas reuniones un placer particular. Se discute de literatura, de historia, de los intereses de la clase pobre, del progreso de la civilización. No sólo se siente empujado a continuar su obra, sino que se deja sentir en él, poco a poco, una necesidad de agrupar a sus amigos en un catolicismo de acción. Duda, sin saber todavía qué forma podría adoptar este compromiso. Una idea le obsesiona: sueña con una vasta asociación que englobaría a los jóvenes católicos. Estos podrían acoger luego a todos sus compañeros procedentes de provincias y asegurarles una especie de “hospitalidad moral”. Para Fede­rico, “el lazo más fuerte, el principio de la amistad verdade­ra, es la caridad y la caridad no puede existir en el corazón de muchos sin salir al exterior y el sustento de esta amistad son las buenas obras”.

La Providencia, a quien no escapan los secretos deseos de Federico, se encargará de allanar los caminos y de dirigir, como veremos, el sueño a la vez grandioso e ingenuo del joven estudiante hacia algo decisivo y tangible.

Fuente: http://somos.vicencianos.org/